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26 de Agosto de 2011.

“Id, y puestos en pie en el Templo, anunciad al pueblo todas las palabras de esta vida.” Hechos 5:20

*¡Humm! Que mal te pagaron esa buena acción que hiciste. Mejor no hubieras auxiliado a esa persona que asaltaron. Posiblemente fue por hacerle el trabajo a tu compañero enfermo, o por no unirte al ‘grupo chisme’ que atentaba contra la honorabilidad de tu amiga. O que sabemos que cosa buena hiciste y ‘parece que te salió el tiro por la culata’. O te cuidas no participando de todos los desmanes que montan tus compañeros, y de todos modos hablan mal de ti. Parece que todo lo bueno que haces te trae consecuencias*.

Hoy montemos un escenario, solo pongamos un poco de imaginación al relato bíblico. Pedro, el impulsivo, y Juan el amoroso, aquel que se recostaba en Jesucristo, no solo predicaban el evangelio, sino que le creyeron al Señor: “Estas señales seguirán a los que creen:” (Marcos 16:17), y, las señales los seguían, de tal forma que: “Aun de las ciudades vecinas muchos venían a Jerusalén trayendo enfermos y atormentados de espíritus impuros; y todos eran sanados.” (Hechos 5:16). Entonces el Sumo sacerdote y sus secuaces, celosos, los metieron en la cárcel pública. Sí, no estamos exagerando: por predicar el evangelio y hacer bien a los demás como les enseñó su Maestro, los metieron presos. ¿Podemos imaginar la escena?

¿Qué pensarían estos varones?, sanaron al cojo, limpiaron al leproso, liberaron al endemoniado, dieron vista al ciego, es decir, le estaban haciendo un bien a la humanidad, estaban obedeciendo a su Señor, y, ¡los meten a la cárcel pública! ¡Que mal les pagaron! ¿Vieron?, como pagan algunos cuando reciben un bien de nosotros. Es posible que a alguno se le presente a la memoria la vez que le sirvió una taza de té a su cónyuge y ni gracias le dio. Bueno, bueno, es que estamos tomando un hecho importante como el de la predicación del evangelio y comparándolo con el ‘servir una tasa de te’, y esto hay que pararlo. Meditemos. Las raíces de amargura más peligrosas surgen de la mala respuesta a ‘hechos pequeños’ a ‘actos insignificantes’ que hacemos por los demás y que son mal atendidos por los otros. Y, entonces, te llenas se amargura. Regresa a la meditación de ayer.

Y allí están Pedrito y Juanito mal pagados por obedecer a su Señor, por hacer las obras para lo que fueron llamados. Dice Pablo que nosotros somos creación de Dios en Cristo para hacer buenas obras, ¿recuerdan?, muchas veces hemos escrito sobre esto. Buenas obras, actos insignificantes y grandes en beneficio a los demás, porque, ¡esta es nuestra misión como hijos de Dios! Y, ¿hay algún lugar en la Biblia que garantice que se recibirán buenos pagos, por buenas acciones? Es más, ¿hay permiso de dejar de actuar bien si la respuesta de los demás es mala? Dejemos que la escena que examinamos nos conteste.

Leamos el verso 19, dice que un ángel del Señor abrió las puertas de la cárcel y los liberó. ¡Vaya!, Dios fue al rescate de sus hijos, ¡bravo! Pero, ¿para qué los sacó de la cárcel pública? ¡Humm!, esto se pone bueno. Los sacó, óigase bien, ¡para seguir haciendo esas buenas obras! Levantemos la vista al versículo base. Pero, los meten a la cárcel pública por predicar y, ¡pues los manda a predicar! ¿Entendemos?, pero ellos obedecieron, y sin chistar. Lee el 21. “Habiendo oído esto, entraron de mañana en el Templo y enseñaban.” ¿Necios?, no, ¡obedientes!

Y tú, que pensabas que Dios te mandaría a no seguir haciendo el bien: ¡pobrecito!

Oscar Eugenio Dubon Palma, el tal Tachus, y ¿sabes?, aun en medio de las vicisitudes de la vida.