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8 de Noviembre de 2012.

“El que me rechaza, y no recibe mis palabras, tiene quién le juzgue; la palabra que he hablado, ella le juzgará en el día postrero.” San Juan 12:48

El aviso de no pasar el semáforo en rojo queda como juzgador del accidente en dónde perdió la vida el conductor desobediente. Al igual que el aviso de que el abuso del licor es dañino a la salud juzga al que muere por su consumo, o que purga una condena por lo que hizo bajo el efecto las bebidas etílicas. Y, mucha información juzga a la gula, a los que se consumieron en las drogas, a los productos de hogares mal administrados. Y no solo los malos resultados, también los buenos, y las medallas obtenidas por seguir instrucciones, son veredictos de los avisos, la teoría, en fin, todo lo que se sabe y que ha quedado como eso, instrucciones. Y es interesante, que la palabra del mundo juzga a todos los humanos que por lógica viven bajo esta realidad: sigues las instrucciones y te va bien, las rechazas, y te va mal, así de simple, y así de dramático.

Jesucristo en esta alocución presenta esta realidad pero de las palabras que él dijo, y que tienen repercusiones eternas. En efecto, si no sigues las instrucciones de la tierra, recibes resultados temporales y las instrucciones seguidas o no, hablan en el *juicio de los resultados.* Pero, las palabras de Jesucristo, hablarán en el juicio que se presentará, en lo que él llama “en el día postrero”. Leamos el verso anterior al 48: “Al que oye mis palabras, y no las guarda, yo no le juzgo; porque no he venido a juzgar al mundo, sino a salvar al mundo.” O lo que es lo mismo, Jesucristo habló presentando el plan de salvación que al aceptarlo conduce a la vida eterna. En la meditación de ayer presentamos claramente, al consignar lo dicho por el Maestro cuando se lo explicó a Nicodemo, un maestro judío. El que acepta la salvación conquistada por Jesucristo, tiene vida eterna, y el que no, pues no, y esto tiene connotaciones eternas. O lo que es lo mismo, el resultado que se obtiene es para toda la eternidad, no hay otra oportunidad.

Bien, y al obtener el resultado en el juicio del día postrero, lo dicho por Jesucristo, será quién juzgue. Es como si dijera, *te lo dije*. Lógico, ¿no? Al igual que las advertencias, los anuncios, las instrucciones y todas las palabras de la tierra, juzgan los resultados de los humanos. Repitamos la escena, y cada quién monte la suya: está claro lo que pasa si se siguen o no las instrucciones, y cuando pasa, sí, los resultados, lo dicho en las instrucciones, juzga: *esto te pasó, por no hacer caso*. Concluyente, y determinante, no hay para donde. Impresionante, ¿no?, ¿montamos escenas?, sería una buena lectura enterarnos de todo lo que cada quién escribiría narrando los escenarios montados. ¿Bromeamos?, bueno, solo un poquito. Autos fundidos a los que no se les puso aceite en el motor. Hornos de micro ondas descompuestos por meter utensilios de metal a calentar en ellos. ¿Y las actitudes humanas?, y ¿los resultados en humanos? Como dicen en Guatemala, *¡ya bromeamos!* Cuidado, las palabras que divulgan como se deben hacer las cosas, son fieles juzgadoras al cosechar los resultados.

Ahora tratemos de montar un escenario a futuro. Todos frente al Creador para responder por nuestros actos, y se abre un libro, el llamado de la vida. Y solo los que aparecen allí inscritos, tendrán vida eterna, los que no, pasarán a muerte eterna. Y cuando alguien reclame, las palabras de Jesucristo aparecerán como juzgadoras del resultado. ¿Vemos?, *y no hay vuelta de hoja.*

Interesante, ¿no? ¿Espeluznante?, bueno, es cuestión de opiniones.

Oscar Eugenio Dubon Palma, el tal Tachus, *más claro no canta un gallo.*