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26 de Febrero de 2010.

“-¿Quién es tu siervo, para que mires un perro muerto como yo? 2 Samuel 9:8

Mefi-boset protagoniza con el rey David, una epopeya de amor y misericordia. Veamos la historia. David ya es rey y sus dominios se han extendido al derrotar a los enemigos de Israel, ahora, ya cuenta con el poder suficiente para tomar venganza, poner las cosas de su pasado en orden y, cosa extraordinaria en un humano, hacer actos de misericordia. Saúl el rey al que sustituyó y a quien le sirvió después de matar al gigante Goliat, lo persiguió para matarlo y lo hizo pasar momentos de angustia en donde tuvo que esconderse en cuevas. Si recordamos en una oportunidad hasta tuvo David la oportunidad de matar a Saúl y no lo hizo porque, como dijo, *Saúl era el ungido de Jehová*. Esto es digno de resaltar porque si bien Saúl ya había sido desechado por Dios, David no tenía el derecho de menospreciarlo: *era un problema entre Dios y su ungido*. (Estamos seguros que muchos se movieron incómodos en sus asientos). Pues bien, Dios castiga a Saúl y muere, él y sus hijos, a manos de los enemigos de Israel, llegando al extremo de exhibir sus huesos en el templo de un dios ajeno. Jonathan un hijo de Saúl fue el mejor amigo de David y en una oportunidad le ayudó a salvarse de su padre. Resumamos el escenario: David ya está fortalecido como rey, Saúl está muerto juntamente con sus hijos habiendo sido desechado por Dios, y ahora, David se acuerda de la casa del que lo persiguió para matarlo. Ante esto, ¿qué se esperaría que hiciera David?, ¿qué hubiéramos hecho nosotros? Apropiémonos de esta pregunta mientras estudiamos lo que pasó.

Verso 1, “Preguntó David: ‘¿Ha quedado alguno de la casa de Saúl a quién pueda yo favorecer *por amor a Jonatán*?’.” Le traen a su presencia a Siba siervo de la casa de Saúl y le pregunta, verso 3: “¿No ha quedado nadie de la casa de Saúl que yo lo favorezca *con la misericordia de Dios*? Subrayamos dos frases, que evidencia dos cosas: el amor que le tuvo David a Jonatán prevalecía sobre cualquier ansia de venganza, aunque en este aspecto ya mencionamos que el rey no abrigaba ningún sentimiento negativo hacia alguien a quien Dios había ungido. La otra es que David sabía en nombre de quien actuaba y a quien representaba, es más, quien le había ungido como rey: el Dios Altísimo y por eso, quería actuar pero con, por favor atendamos, la misericordia de Dios, no con la suya, no porque a él se le ocurrió, no *solo estaba actuando como sabía que su Señor misericordioso actuaba*. ¿Vemos esto?

David sabía que la casa de Saúl había sido desechada, posiblemente ya no había nadie, ¿por qué ocuparse de esto? Cuando el amor y la obediencia operan en un hijo de Dios, sus actuaciones y prioridades son diferentes a las de los demás. A David lo movió el amor que sintió por Jonatán y aún muerto su amigo, en su corazón subsistía este sentimiento y por eso buscó a quien demostrárselo, pero, también tenía que obedecer a su Dios y actuar como él ordena. ¿La obediencia y el amor prevalecen en nuestras decisiones? Recordemos, ya no es lo que queramos y sintamos, es que debemos actuar en la calidad de representantes de Cristo: *debemos mostrar a Cristo en todo lo que hacemos*. Entonces, ¿qué hubiéramos hecho nosotros?

Quedaba un hijo de Jonatán, nieto de Saúl que estaba lisiado de los píes porque cuando murieron su padre y su abuelo, la nodriza que lo tenía en brazos, lo dejó caer, (Capítulo 4:4), este vivía en la casa de Faquir hijo de Amiel. Otro escenario a montar para analizarlo. Posaba en una casa ajena habiendo sido nieto de rey, sabiendo que pertenecía a una familia cuyo fundador había sido desechado por Dios, lisiado de los píes, resultado, una autoestima comparada con un perro muerto: así se lo expresa a David. ¡Vaya!, ¿no es esa la autoestima de alguien que no tiene a Dios? Antes de llegar a Cristo pertenecíamos a un reino cuyo líder ya fue desechado por Dios, lisiados de píes y manos (Meditación Los pulgares), y muertos en nuestros delitos y pecados: pero, *Dios tuvo misericordia de nosotros y a su tiempo Cristo nos salvó*.

Ahora, ¿puedes responder la pregunta? Pero, con sinceridad.

Oscar Eugenio Dubon Palma, el tal Tachus, por favor lee la meditación de mañana.